Si nos dieran la oportunidad de escribir el guion de nuestras propias vidas, ¿cuántos finales felices encontraríamos? Me imagino a gente optando por una de aventuras épica, luchando contra ejércitos de orcos para salvar a la humanidad. Supongo que habrá quien opte por una de esas películas introspectivas, lentas y profundas. No sé si habrá quien se anime con una de terror, condenando a muerte a todos sus conocidos para resultar el único superviviente al Mal.
Pero estoy convencida de que la mayoría optaría por diseñar una comedia romántica. Una intensa historia de amor perfecta salpicada por pequeños enredos que deriven en situaciones hilarantes y acaben con un largo beso entre sus protagonistas y todo solucionado.
Con una cuidada postproducción con reminiscencias del cómic y la cultura pop, Blue Rai mezcla con garbo la moda de la nostalgia por los 80 –Rai es el propietario de uno de los ya escasos videoclubs españoles- con el imaginario millennial, las redes sociales, internet y mucho humor costumbrista gracias a un reparto coral que mantiene al protagonista anclado a la realidad pese a sus ínfulas de creador.
En la era de las relaciones exprés, de la búsqueda de la pareja ideal a través de aplicaciones y de la obsesión por mostrar únicamente el lado bueno de las cosas (magnífica película, sea dicho de paso), Blue Rai no solo representa una abrumadora crítica al amor romántico y a las relaciones supuestamente idílicas también reivindica no ya las relaciones reales, sino la realidad de las relaciones: amor sin hashtags, historias descompensadas, que no salen bien, sentimientos forzados, relaciones de las de cumplir la tradición, de las de dejarse llevar por la pasión, historias innecesarias, amores clandestinos, parejas tardías y también, prematuras. Blue Rai es una oda a las personas normales.